Monday, August 7, 2006

Judío, pero no israelí

Terminó de teclear su comentario, y en el preciso instante en quehizo clic sobre la palabra “Enviar” una bomba estalló en Gaza.Coincidencia pura, igual que los otros 167 comentarios que en algúnmomento tuvieron que darle al botón de “Enviar” para llegar a serpublicados. 167 bombas más. Líbano, Gaza, Cisjordania. 167 bombas, unafactura para cada una y una cantidad de dinero que salía delpresupuesto israelí e iba a parar a la cuenta de una empresa privada.Estadísticas que se transformaban. 800, 900, 1000 muertos. Se murió unperro atropellado por un camión, se murió la planta porque le daba muyfuerte el sol. Se murió un niño. 800, 900, 1000. 1 unidad de mil, 0centenas, 0 decenas, 0 unidades.

 

Habían perdido la guerra, una vez más. 2 millones en Barcelona, 2millones en Madrid, Paris, Londres, New York. Muchos millones diciendo”no”. Pero un grupo de 12 con sus respectivos traductores y asesoresdijeron “sí” (o no pudieron decir “no”). Y ganaron la guerra. “Enviar”a Bagdad, “Enviar” a Falluya. Hoy fueron solamente 20 muertos. 2decenas, 0 unidad.

Por eso ahora, abatido, dejaba las huellas de su dentadura en unsandwich, lo devolvía al plato no sin antes esparcir unas cuantas migaspor el escritorio, transfería la grasa de sus dedos a la servilleta depapel y finalmente se preparaba: apunten, disparen, ¡clic!. Enviado…

* * *

A pesarde no adherir a ningún dogma religioso recuerdo mi infancia llena dejudaísmo. Habré entrado 5 veces en toda mi vida a un templo judío. Peroaún así, recuerdo que cada vez que en mi presencia se emitía algúncomentario discriminatorio para con los judíos yo me presentaba,inmediatamente y con desasfiante orgullo, como judío. No por miscreencias, no por mi dios. Por mis abuelos, por sus padres y por lospadres de los padres.

Hoy en día, y hace ya algunas semanas, comencé la huelga, y en tantoque se asocie la idea de judío con la idea de israelí, de momento medeclaro oficialmente no judío. No por mis creencias, no por mi dios, nopor mis antepasados. Por la vida, por protestar ante el horror.

Imagino que muchos alemanes, muchos estadounidenses, muchos ingleses, muchosfranceses, muchos españoles, mucha gente más podrá entenderme. No nosquedan muchos clics más, pronto llegará el día en que desearemos quenos identifiquen con delfines o con primates y no con esta denigranteespecie.

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Wednesday, May 31, 2006

Chiruli

Chiruli. Ese soy yo. Y hace no más de una hora que la voz temblorosa de mi vieja me anunciaba a través del teléfono que el artífice de su existencia (la de ella y la de ese apodo) se derrumbó en el baño de su casa, para siempre.

 

Un corazón achacado que ya no latía gracias a la contracción y relajación de sus fibras. Pulsaciones de cariño, de bondad, eran las que lo mantenían con vida. Porque si hubo una persona buena en este mundo, ese es Gregorio.

Quisiera sacar de adentro todo el amor que siento por él y arruinar con una lluvia de lágrimas el teclado de este cacho de plástico con circuitos, pero no puedo. Pensar mucho, recordarlo, despedirlo como no lo pude despedir porque el baño en el que se derrumbó está muy lejos. Pero todavía no puedo. Estoy anestesiado. El dolor ya de por sí es una cosa de mierda, pero sumado a la distancia es de esas cosas que te dejan anestesiado y sintiéndote un boludo enorme.

Necesitaría bañarme de lágrimas para rendirle homenaje. Recordar ese último abrazo en Pasteur y Córdoba hace un poco menos de un año. Y volver a sentir sus enormes manos alrededor de mi espalda mientras, como siempre, con sus grandotes y bondadosos ojos llenos de lágrimas me decía: “Cuidate mucho, Chiruli. Estoy muy orgulloso de vos. Y no te olvides de nosotros”.

¡Pero cómo carajo se le podía pasar por la cabeza que me podía olvidar de alguien tan grande, tanto física como simbólicamente!. Cómo se le podía pasar por la cabeza que podía olvidarme de esos abrazos, de esos ojos.

De ese perfume –Musk for men, de Avon- que en su cuello era el aroma más hermoso de esta tierra y que, como para demostrarle que nunca me podría llegar a olvidar de él, por las dudas, terminó en mi placard porque la mujer de un paciente me lo terminó regalando. Y por eso, ahora, no sólo me voy a bañar de lágrimas sino también de Musk for men, y con esas lágrimas y ese perfume ahora te tengo a vos, Grego, y a esos partidos de dominó o burako en los que me dejabas ganar. Un poco por bondad, pero más bien porque ahí estaba Celia para recordártelo, para que no te dejaras llevar por ese niño grandote que llevabas adentro y al que no le gustaba perder. O, peor aún, cuando jugábamos los tres al burako o al chinchón y te podía más el deseo de ganarle a Celia que el deber de dejar ganar a un nieto, y que provocaban en Faigelah (“feiguele”) ese “¡Pero Grego! ¿qué hiciste?” al que vos respondías, culposo, “Bueno, Celia, ya está…ahora jugamos otro”.

Y cuando siendo yo más chico me dejabas montar sobre tus pies y envolver tu panza hasta donde me daban los brazos y recorrer el living pequeño pero adorable de tu casa al ritmo de Strangers in the night, de Sinatra, tarareada por vos.

Tus peleas con Celia, mitad en broma, mitad en serio. Esas que acababan indefectiblemente con mi mano envuelta en la tuya, sacudiéndose en el aire y ese “te felicito por la abuela que tenés” con que rematabas siempre la escena.

De los recorridos por el Once, que arrancaban sí o sí en el bar de Pasteur para tomar un cafecito con los muchachos, recomendarme que me comiera una “manzanita”, hacer los chistes de siempre al mozo y a los muchachos del bar, esos que cuando me presentabas siempre decían lo mismo: “¿Este es tu nieto? Suerte que no salió a vos, este es lindo pibe” o las afirmaciones tan obvias como “tenés un abuelo que es un lujo”. ¿Realmente pensaban estos tipos que hacía falta que ellos me lo dijeran?.

Y el recorrido seguía visitando a tus clientes y, para qué negarlo, de tanto en tanto me ligaba algo, a veces regalitos de los clientes, a veces regalitos tuyos. O cuando me llevabas a la peluquería de ese que además de peluquero era tocayo mío y que, a decir verdad, generalmente me hacía unos cortes horribles, pero que tu ilusión hacía que se convirtieran en los más bellos del mundo.

Y después, años más tarde, terminar trabajando ahí, en ese mismo Once, en ese trabajo de verano que me conseguiste en ese negocio de pantalones y que fue mi primer trabajo.

¡Ay, Grego!, no sabés lo que daría por un abrazo más de esos que eran tan profundos que ni tu prominente panza podía evitar. Por poder decirte que nunca en la vida me podría olvidar de vos. Que te miro en la foto que nos sacó Claire ese último día y pienso que a pesar de esos anteojos del año del pedo y de esa nariz paposa sos un viejo hermoso. Que me encantaría estar sentado en ese living de tu casa y escucharte diciéndole a Celia “¡Losem up!” mientras ella me indaga sobre por qué no nunca como frutas. Escuchar tus soplidos para adentro cada vez que algún jugador de Boca se come un gol. O burlándote de Celia y diciéndome “vos también, tenés una abuela para todos los días…”. O de Matilde, diciéndole que con sus setenta y pico de pirulos está hecha un piba o ese “así que tenés 73 años…yo no te daría más de 72 y medio…”. O esas peleas con Celia que eran un poco más en serio, como por ejemplo cuando ella desde el teléfono de su casa quería solucionar la vida de sus dos hijas y las regañaba y entonces vos, que no podías evitar intervenir, decirle: “¡Dejala, Celia!”.


Que adoraría poder jugar con vos al dominó una vez más y ganar o perder, me da igual, pero poder ver ese labio gordo haciendo puchero mientras pensás tu próxima jugada. Preguntarte algo, cualquier cosa, y me digas una vez más, en vez de “no”, ese “never en la puta life”. Que vayas a comprar facturas para la merienda (“manzanitas” incluidas, claro) y que me ofrezcas, para edulcorar el café con leche, una colección de sobrecitos de azúcar capturados en todos los bares de el Once.

El cielo esta triste en Barcelona también, Grego, y también está derramando lágrimas. Porque tipos como vos quedan pocos sobre esta tierra. Se nos fue otro soldado del ejército de la bondad. Y uno irremplazable. Te quiero tanto, Grego. Te voy a extrañar mucho.

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Friday, March 31, 2006

Entre recuerdos y ríos

(a la memoria del Dr. Martín Grinstein)

 

Aquel libro entre sus manos lo puso a pensar: “los antepasados”. Y pensaba en la idea de que las familias tienen una tradición. Sí, por qué no, las familias suelentener una tradición. Una familia de notarios, de empresarios, deterratenientes, de médicos, de músicos, de actores. Se le ocurría queseguramente habían determinados rasgos comportamentales que eran trasmitidosgenéticamente de una generación a otra. Y eso seguramente llevaba a que sehablara de que tal familia era muy generosa de tradición o muy avara, de queeran personas muy queridas o muy odiadas tradicionalmente y tantas afirmacionesque tantas veces había oído al respecto. Había oído hablar –y visto- latradición de los Finberg de tener una relación muy característica entre susmiembros y de ser luchadores aguerridos en la vida, pero sobre todo en el mundodel comercio.

  

Entoncesse dio cuenta de lo injusta que resultaba la historia, sobretodo por latradición de la familia “especie humana”: el patriarcado (machismo). A pesar deque seguramente una parte de esa tradición heredada genéticamente vendría porparte de la madre, siempre al pensar en los antepasados de una familia se sueleseguir el recorrido por el lado masculino. De forma tal que nunca se apreciacuál es la tradición familiar por descendencia femenina. Claro, qué iban adecir, ¿una familia de tradición de amas de casa?

Peroese libro que tenía entre sus manos, “Entre recuerdos y ríos”, de Marcelo Dain,le hizo preguntarse cuál sería la tradición de los Dain, de su familia. Y la imagenle resultó demasiado clara: la tradición de los Dain era ser gente empecinadaen aparecer en libros.

Sí,eso era, “aparecer en libros”. Hacer resonar entre letras impresas un nombreque nació teniendo que huir de toda posible tradición. Su bisabuelo, en épocade los zares, había tenido que cambiarles el apellido a algunos de sus hijospara salvarlos de las miserias de la guerra. Y ahora, como venganza, quererperpetuarlo.

Eraeso aquella sed incansable que mueve a los Dain a siempre querer más, a nuncaconformarse. Esa especie de ambición que en realidad no es más que tradición.

Pensabaen su abuelo, que no paró hasta aparecer en libros de biología; en su tío, queseguramente no se detendrá hasta aparecer en libros de física; su hermano, quese fue a Israel porque quiere que los libros en los que él aparezca sepubliquen primero en hebreo; sus otros hermanos, quién sabe, quizás también enlibros de biología o de derecho o política.

Asu primo, la tradición lo llevará a no detenerse hasta aparecer en libros sobrela televisión. Y su padre, un caso aparte. Él aparecerá en libros trasmitidosde boca en boca. Claro, artesanales. Libros que comenzarán a escribirse en lasbocas de tantas personas que han estado a su alrededor, serán portadoras de laleyenda y ocasionarán la reacción en cadena, relatándoles a sus descendientes ypersonas cercanas: “¿Sabían una cosa? yo una vez conocí a un soñador, en unaépoca en la que ya todos los demás habían pasado sus sueños por un enjuague depragmatismo”. Se le estiraba la cara por la sonrisa que le generaba la idea deque si pudiera calcularse la cantidad de ejemplares de ese libro que acabaríancirculando por el mundo, sería un best-seller.

Yahora entendía muchas palabras que tantas veces salieron de su boca cuando buscabajustificar su propia existencia. Esa idea de que se sentiría conforme con pasarpor este mundo, como mínimo, sin joder a nadie o, mejor aún, si llegara a poderayudar a alguien. Pero, lo más enfático de la idea era la necesidad de podertrasmitir esos mismos valores a sus descendientes. Y eso le pareció un rasgomuy particular de la tradición de su familia. Una tradición lanzada hacia elfuturo. Toda tradición clásica se basa en rendirle un homenaje a los valores delos antepasados, ayer. En cambio, la tradición de los Dain se basa en construiruna historia que fue arrebatada por la Historia, mañana.

Alpensar en la heroica y admirable misión –estratégicamente hablando- cumplidapor su tío abuelo, una sonrisa, de esas de complicidad, se le dibujó en elrostro. Conseguir él mismo que su nombre figurara en un libro y, al mismotiempo, darle la oportunidad a su padre de hacerlo. Retrucándole así a lahistoria que si en su momento su padre no apareció por sí mismo en un libro nofue porque no hubiera hecho méritos, sino por las circunstancias históricas. Yahora, él, en este siglo, consigue con una única maniobra generar su aporte yel de su padre a la tradición familiar: perpetuar un nombre que debióextinguirse y transformarse en otro, con tal de perpetuar la vida de susportadores.

Posted by pablogr at 00:31:05 | Permalink | Comments (3)