Un corazón achacado que ya no latía gracias a la contracción y relajación de sus fibras. Pulsaciones de cariño, de bondad, eran las que lo mantenían con vida. Porque si hubo una persona buena en este mundo, ese es Gregorio.
Quisiera sacar de adentro todo el amor que siento por él y arruinar con una lluvia de lágrimas el teclado de este cacho de plástico con circuitos, pero no puedo. Pensar mucho, recordarlo, despedirlo como no lo pude despedir porque el baño en el que se derrumbó está muy lejos. Pero todavía no puedo. Estoy anestesiado. El dolor ya de por sí es una cosa de mierda, pero sumado a la distancia es de esas cosas que te dejan anestesiado y sintiéndote un boludo enorme.
Necesitaría bañarme de lágrimas para rendirle homenaje. Recordar ese último abrazo en Pasteur y Córdoba hace un poco menos de un año. Y volver a sentir sus enormes manos alrededor de mi espalda mientras, como siempre, con sus grandotes y bondadosos ojos llenos de lágrimas me decía: “Cuidate mucho, Chiruli. Estoy muy orgulloso de vos. Y no te olvides de nosotros”.
¡Pero cómo carajo se le podía pasar por la cabeza que me podía olvidar de alguien tan grande, tanto física como simbólicamente!. Cómo se le podía pasar por la cabeza que podía olvidarme de esos abrazos, de esos ojos.
De ese perfume –Musk for men, de Avon- que en su cuello era el aroma más hermoso de esta tierra y que, como para demostrarle que nunca me podría llegar a olvidar de él, por las dudas, terminó en mi placard porque la mujer de un paciente me lo terminó regalando. Y por eso, ahora, no sólo me voy a bañar de lágrimas sino también de Musk for men, y con esas lágrimas y ese perfume ahora te tengo a vos, Grego, y a esos partidos de dominó o burako en los que me dejabas ganar. Un poco por bondad, pero más bien porque ahí estaba Celia para recordártelo, para que no te dejaras llevar por ese niño grandote que llevabas adentro y al que no le gustaba perder. O, peor aún, cuando jugábamos los tres al burako o al chinchón y te podía más el deseo de ganarle a Celia que el deber de dejar ganar a un nieto, y que provocaban en Faigelah (“feiguele”) ese “¡Pero Grego! ¿qué hiciste?” al que vos respondías, culposo, “Bueno, Celia, ya está…ahora jugamos otro”.
Y cuando siendo yo más chico me dejabas montar sobre tus pies y envolver tu panza hasta donde me daban los brazos y recorrer el living pequeño pero adorable de tu casa al ritmo de Strangers in the night, de Sinatra, tarareada por vos.
Tus peleas con Celia, mitad en broma, mitad en serio. Esas que acababan indefectiblemente con mi mano envuelta en la tuya, sacudiéndose en el aire y ese “te felicito por la abuela que tenés” con que rematabas siempre la escena.
De los recorridos por el Once, que arrancaban sí o sí en el bar de Pasteur para tomar un cafecito con los muchachos, recomendarme que me comiera una “manzanita”, hacer los chistes de siempre al mozo y a los muchachos del bar, esos que cuando me presentabas siempre decían lo mismo: “¿Este es tu nieto? Suerte que no salió a vos, este es lindo pibe” o las afirmaciones tan obvias como “tenés un abuelo que es un lujo”. ¿Realmente pensaban estos tipos que hacía falta que ellos me lo dijeran?.
Y el recorrido seguía visitando a tus clientes y, para qué negarlo, de tanto en tanto me ligaba algo, a veces regalitos de los clientes, a veces regalitos tuyos. O cuando me llevabas a la peluquería de ese que además de peluquero era tocayo mío y que, a decir verdad, generalmente me hacía unos cortes horribles, pero que tu ilusión hacía que se convirtieran en los más bellos del mundo.
Y después, años más tarde, terminar trabajando ahí, en ese mismo Once, en ese trabajo de verano que me conseguiste en ese negocio de pantalones y que fue mi primer trabajo.
¡Ay, Grego!, no sabés lo que daría por un abrazo más de esos que eran tan profundos que ni tu prominente panza podía evitar. Por poder decirte que nunca en la vida me podría olvidar de vos. Que te miro en la foto que nos sacó Claire ese último día y pienso que a pesar de esos anteojos del año del pedo y de esa nariz paposa sos un viejo hermoso. Que me encantaría estar sentado en ese living de tu casa y escucharte diciéndole a Celia “¡Losem up!” mientras ella me indaga sobre por qué no nunca como frutas. Escuchar tus soplidos para adentro cada vez que algún jugador de Boca se come un gol. O burlándote de Celia y diciéndome “vos también, tenés una abuela para todos los días…”. O de Matilde, diciéndole que con sus setenta y pico de pirulos está hecha un piba o ese “así que tenés 73 años…yo no te daría más de 72 y medio…”. O esas peleas con Celia que eran un poco más en serio, como por ejemplo cuando ella desde el teléfono de su casa quería solucionar la vida de sus dos hijas y las regañaba y entonces vos, que no podías evitar intervenir, decirle: “¡Dejala, Celia!”.
Que adoraría poder jugar con vos al dominó una vez más y ganar o perder, me da igual, pero poder ver ese labio gordo haciendo puchero mientras pensás tu próxima jugada. Preguntarte algo, cualquier cosa, y me digas una vez más, en vez de “no”, ese “never en la puta life”. Que vayas a comprar facturas para la merienda (“manzanitas” incluidas, claro) y que me ofrezcas, para edulcorar el café con leche, una colección de sobrecitos de azúcar capturados en todos los bares de el Once.
El cielo esta triste en Barcelona también, Grego, y también está derramando lágrimas. Porque tipos como vos quedan pocos sobre esta tierra. Se nos fue otro soldado del ejército de la bondad. Y uno irremplazable. Te quiero tanto, Grego. Te voy a extrañar mucho.