La nube
Este no es el caso de La Nube.
Y la encontré de casualidad. La encontré bajándome películas de Internet. La encontré buscando “cine argentino” y ahí apareció entre las clásicas, las de moda y las que ni son clásicas ni están de moda pero algún coleccionista guarda. Y me la bajé. Y la vi.
Gracias, a eDonkey. Gracias, a todos aquellos usuarios que en sus discos la hayan tenido almacenada para que yo me la pudiera bajar. Gracias, a Pino Solanas y a cada uno de los individuos que estuvieron involucrados en que esto pasara.
Una película, que por momentos sufre ataques de obra de teatro. Y por muchos otros momentos sufre ataques de obra maestra.
Una selección al azar de sus fotogramas, colgados en la pared de una galería, correrían el enorme riesgo de convertirse en una exitosa exposición. Luces, objetos, perspectivas, sonidos, colores, todos juntos dibujando metáforas. Metáforas sin palabras. Metáforas sin letras.
Uno y otro mensaje. Más que moralejas, compromiso. Lucha. Resistencia.

Todo eso es La Nube. Una película que la verdad es que no sé si pasó desapercibida, pero en tal caso, “siempre fue así. ¿No te acordás del pobre Belgrano? Murió en la más absoluta miseria. Y una vez muerto, le robaron los dientes de oro.
¡Ay, qué cosa tan argentina es la ingratitud!”
Una ciudad que lleva más de 1600 días de lluvia. Y seguimos hablando de Titanic y viéndola una y otra vez. Y de La Tormenta Perfecta. Pero es en Buenos Aires, en Argentina, donde hace más de 1600 días que llueve. Y tantos argentinos que todavía no vimos ni La Nube.