La era del escepticismo
Era una época en que ya nadie creía en nada. Fue, no el fin, pero sí el distanciamiento masivo y contundente de las personas de las instituciones religiosas y sus mandamientos. Fue el descreimiento absoluto de la gente respecto a sus políticos. Fundieron todas las empresas y trabajadores independientes que se dedicaban a la adivinación y predicción del futuro.
Ya nadie se creía nada, y hasta las relaciones entre personas resultaban muy difíciles. Sobre todo se veían afectadas las que se basaban en un componente importante de confianza. Por ejemplo, ya nadie se creía las promesas de amor eterno. Y, durante un tiempo, esto se vio reflejado en que hubiera un importante descenso en el número de casamientos. Esto resultó preocupante al punto que muchos gobiernos del mundo y hasta las propias Naciones Unidas, alarmados por las tendencias demográficas, salieran a hacer campañas y políticas diversas para promover las uniones que garantizaran la continuidad de la especie.
Esto, de alguna manera corrigió la tendencia pero aún así las nuevas familias se construían basándose en ese mismo escepticismo y esto provocó un giro de ciento ochenta grados en la concepción de la familia, con toda la transformación social que de este cambio inicial se desprendió posteriormente.
Por alguna cuestión probablemente biológica, el impacto de esa ola de escepticismo no fue igual de contundente en las relaciones entre padres e hijos o entre hermanos.
Pero la amistad se transformó radicalmente. Ya no era común ver a grandes grupos de amigos reunidos. La gente no quedó aislada pero la idea de amistad tal y como se la conocía hasta entonces había perdido el sentido.
Al principio, el escepticismo avanzó en dirección de aquel que era, por su procedencia, origen o clase social, distinto. Pero luego llegó a alcanzar el mismo nivel para con aquellos iguales.
El sociólogo Jean-Pierre Rigau, profesor de la Universidad Paris-VIII, proponía que “este avance del escepticismo hacia el ‘otro igual’ desde el ‘otro distinto’ no era en tal dirección sino que se producía una igualación en el nivel de escepticismo a través de una disminución en el escepticismo hacia el distinto”. Según plantea en su teoría, “la disminución en el escepticismo hacia el ‘otro distinto’ estaría vinculada al aumento de escepticismo en otros ámbitos como el de los medios de comunicación, el cine, la religión y la política.
El deporte jamás volvió a ser el mismo. Muchos equipos de fútbol también quebraron. Descendió increíble y súbitamente la venta de productos de los equipos, la venta de entradas.
Muchísimos periódicos debieron cerrar sus puertas y varios canales de televisión se vieron obligados a modificar sus programaciones con el fin de recuperar la masiva audiencia perdida. De pronto, muchos programas informativos desaparecieron para ser reemplazados por documentales sobre la naturaleza o películas. Y resulta especialmente curiosa la transformación sufrida por el mundo fílmico. Fue la desaparición de las superproducciones, de los efectos especiales, de las historias de grandes héroes. El público comenzó a rechazar todo este tipo de films y los que más gente convocaban pasaron a ser aquellos en los que aparecen personajes de la vida cotidiana con sus problemáticas cotidianas.
La educación vivió su peor época en toda la historia. Hubo un fracaso escolar masivo. La UNESCO no daba abasto. Se convocó a una asamblea mundial urgente con pedagogos y especialistas en educación de todo el mundo para intentar dar respuesta a esta crisis ocurrida en el sistema educativo mundial. Según la Lic. Ingrid Frantz, especialista del Ministerio de Educación de Alemania y participante de la asamblea, “estábamos antes un cambio radical y súbito en los paradigmas en los que se venía basando la educación. Todo esto, sin duda, relacionado con los cambios sufridos en el seno de las familias y en la sociedad. Pero resultaba evidente que ya no era eficiente, en términos educativos, por ejemplo, la figura del docente carismático o la clase magistral que de un momento a otro quedó obsoleta. Y si ya estos dos aspectos que jugaban un rol primordial en nuestros sistemas educativos se vieron afectados radicalmente, no hace falta explicar todos los demás para entender los por qué de la crisis educativa mundial”.
En un primer momento, algunos profesionales de la salud, especialmente los especialistas en salud mental, se apresuraron en etiquetar esta situación como una patología. Así fue como el “Trastorno paranoide-escéptico” se llegó a ver en la bibliografía especializada de la época y en seguida los laboratorios más importantes llevaron a las farmacias diversos productos que pretendían paliarla. Pero al poco tiempo se descartó toda relación entre el escepticismo reinante y una causa biológica. En esto tuvo mucho que ver el escepticismo de los mismos profesionales de la salud por aceptar estas hipótesis, de los pacientes para someterse a ningún tipo de tratamiento, pero sobre todo se debió a que de haberla aceptado el mundo hubiera tenido que reconocer que estaba expuesto a la peor pandemia que la salud pública mundial jamás hubiera conocido.
Los intelectuales del momento esbozaban análisis y teorías que buscaban explicar esa ola de escepticismo. La Lic. Anne Chantoine, Profesora de Psicología de la Universidad de Québec, analizaba: “una de las características de este comportamiento escéptico era su alta reactividad. Hasta el momento, la reacción más común ante la falta a la verdad era un escepticismo pasivo. La persona expuesta al engaño se sentía derrotada y frustrada y esto la llevaba al aislamiento y la desesperanza; a la inactividad. Pero a partir de un momento dado y por una causa que se desconoce, la Verdad se convirtió en un valor supremo y todo aquel que se sentía engañado reaccionaba de manera algunas veces desproporcionada buscando la condena y el castigo de aquel que hubiera participado en el engaño”.
El escepticismo había llegado, a su manera, a todos los ámbitos de la vida humana. Los sistemas bancarios y financieros, la salud, la alimentación, las artes. Todo se había visto modificado, cada cual a su manera, por aquel escepticismo que marcó una era.
Una era sobre la que el escritor argentino, Pedro Pringles, dijo: “fue la época en que ya nadie creía en nada. Pero, paradójicamente, fue la época en que la humanidad volvió a creer en sí misma”.