Wednesday, May 31, 2006

Chiruli

Chiruli. Ese soy yo. Y hace no más de una hora que la voz temblorosa de mi vieja me anunciaba a través del teléfono que el artífice de su existencia (la de ella y la de ese apodo) se derrumbó en el baño de su casa, para siempre.

 

Un corazón achacado que ya no latía gracias a la contracción y relajación de sus fibras. Pulsaciones de cariño, de bondad, eran las que lo mantenían con vida. Porque si hubo una persona buena en este mundo, ese es Gregorio.

Quisiera sacar de adentro todo el amor que siento por él y arruinar con una lluvia de lágrimas el teclado de este cacho de plástico con circuitos, pero no puedo. Pensar mucho, recordarlo, despedirlo como no lo pude despedir porque el baño en el que se derrumbó está muy lejos. Pero todavía no puedo. Estoy anestesiado. El dolor ya de por sí es una cosa de mierda, pero sumado a la distancia es de esas cosas que te dejan anestesiado y sintiéndote un boludo enorme.

Necesitaría bañarme de lágrimas para rendirle homenaje. Recordar ese último abrazo en Pasteur y Córdoba hace un poco menos de un año. Y volver a sentir sus enormes manos alrededor de mi espalda mientras, como siempre, con sus grandotes y bondadosos ojos llenos de lágrimas me decía: “Cuidate mucho, Chiruli. Estoy muy orgulloso de vos. Y no te olvides de nosotros”.

¡Pero cómo carajo se le podía pasar por la cabeza que me podía olvidar de alguien tan grande, tanto física como simbólicamente!. Cómo se le podía pasar por la cabeza que podía olvidarme de esos abrazos, de esos ojos.

De ese perfume –Musk for men, de Avon- que en su cuello era el aroma más hermoso de esta tierra y que, como para demostrarle que nunca me podría llegar a olvidar de él, por las dudas, terminó en mi placard porque la mujer de un paciente me lo terminó regalando. Y por eso, ahora, no sólo me voy a bañar de lágrimas sino también de Musk for men, y con esas lágrimas y ese perfume ahora te tengo a vos, Grego, y a esos partidos de dominó o burako en los que me dejabas ganar. Un poco por bondad, pero más bien porque ahí estaba Celia para recordártelo, para que no te dejaras llevar por ese niño grandote que llevabas adentro y al que no le gustaba perder. O, peor aún, cuando jugábamos los tres al burako o al chinchón y te podía más el deseo de ganarle a Celia que el deber de dejar ganar a un nieto, y que provocaban en Faigelah (“feiguele”) ese “¡Pero Grego! ¿qué hiciste?” al que vos respondías, culposo, “Bueno, Celia, ya está…ahora jugamos otro”.

Y cuando siendo yo más chico me dejabas montar sobre tus pies y envolver tu panza hasta donde me daban los brazos y recorrer el living pequeño pero adorable de tu casa al ritmo de Strangers in the night, de Sinatra, tarareada por vos.

Tus peleas con Celia, mitad en broma, mitad en serio. Esas que acababan indefectiblemente con mi mano envuelta en la tuya, sacudiéndose en el aire y ese “te felicito por la abuela que tenés” con que rematabas siempre la escena.

De los recorridos por el Once, que arrancaban sí o sí en el bar de Pasteur para tomar un cafecito con los muchachos, recomendarme que me comiera una “manzanita”, hacer los chistes de siempre al mozo y a los muchachos del bar, esos que cuando me presentabas siempre decían lo mismo: “¿Este es tu nieto? Suerte que no salió a vos, este es lindo pibe” o las afirmaciones tan obvias como “tenés un abuelo que es un lujo”. ¿Realmente pensaban estos tipos que hacía falta que ellos me lo dijeran?.

Y el recorrido seguía visitando a tus clientes y, para qué negarlo, de tanto en tanto me ligaba algo, a veces regalitos de los clientes, a veces regalitos tuyos. O cuando me llevabas a la peluquería de ese que además de peluquero era tocayo mío y que, a decir verdad, generalmente me hacía unos cortes horribles, pero que tu ilusión hacía que se convirtieran en los más bellos del mundo.

Y después, años más tarde, terminar trabajando ahí, en ese mismo Once, en ese trabajo de verano que me conseguiste en ese negocio de pantalones y que fue mi primer trabajo.

¡Ay, Grego!, no sabés lo que daría por un abrazo más de esos que eran tan profundos que ni tu prominente panza podía evitar. Por poder decirte que nunca en la vida me podría olvidar de vos. Que te miro en la foto que nos sacó Claire ese último día y pienso que a pesar de esos anteojos del año del pedo y de esa nariz paposa sos un viejo hermoso. Que me encantaría estar sentado en ese living de tu casa y escucharte diciéndole a Celia “¡Losem up!” mientras ella me indaga sobre por qué no nunca como frutas. Escuchar tus soplidos para adentro cada vez que algún jugador de Boca se come un gol. O burlándote de Celia y diciéndome “vos también, tenés una abuela para todos los días…”. O de Matilde, diciéndole que con sus setenta y pico de pirulos está hecha un piba o ese “así que tenés 73 años…yo no te daría más de 72 y medio…”. O esas peleas con Celia que eran un poco más en serio, como por ejemplo cuando ella desde el teléfono de su casa quería solucionar la vida de sus dos hijas y las regañaba y entonces vos, que no podías evitar intervenir, decirle: “¡Dejala, Celia!”.


Que adoraría poder jugar con vos al dominó una vez más y ganar o perder, me da igual, pero poder ver ese labio gordo haciendo puchero mientras pensás tu próxima jugada. Preguntarte algo, cualquier cosa, y me digas una vez más, en vez de “no”, ese “never en la puta life”. Que vayas a comprar facturas para la merienda (“manzanitas” incluidas, claro) y que me ofrezcas, para edulcorar el café con leche, una colección de sobrecitos de azúcar capturados en todos los bares de el Once.

El cielo esta triste en Barcelona también, Grego, y también está derramando lágrimas. Porque tipos como vos quedan pocos sobre esta tierra. Se nos fue otro soldado del ejército de la bondad. Y uno irremplazable. Te quiero tanto, Grego. Te voy a extrañar mucho.

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Sunday, May 28, 2006

El día de la patria


Joaquín Torres García - Uruguay

 

…y ese día la gente salió a las calles. No era un día más, se trataba del 25 de mayo. Era un día de celebración, de recordar el nacimiento de la patria, pero también de honrarla. Y así lo habían querido todos. Y así lo había entendido el Presidente de la República.

Los grupos de trabajo se organizaron desde los Centros de Gestión y Participación en base a sus actividades: infraestructura, educación, salud y trabajo.

 

 

 

Los delegados, designados por cada asamblea y colaborando con esos centros, habían estado trabajando desde hacía un mes para organizarlo todo. Algunas de las cosas que se esperan de ese día es que sea una jornada para la memoria y para la construcción, y entonces ellos, mientras “construían” la organización de ese día, hacían memoria. De ese mismo cosquilleo melancólico afloraba la memoria, esa sensación que uno puede sentir cuando mira los apuntes de la secundaria que se encuentra de casualidad en un cajón mientras ordena la casa. Momentos en los que en la construcción del presente se filtran guiños del pasado. Y el que se ocupaba de organizar los transportes, calcular cuántos micros harían falta, cuántos coches particulares se habían ofrecido, recordaba cuando la vieja manera de hacer política reinaba. El que se ocupaba de coordinar los talleres de promotores de salud, recordaba cuando la Cruz Roja ese día tenía que desplegar un operativo especial para proteger a la gente que, reunida en la Plaza, festejaba a un candidato o gobernante de turno y no a la Patria. El que se encargaba de coordinar los talleres de refuerzo formativo para los trabajadores se acordaba de cuando los Sindicatos eran unos de los que invertían en contratar micros para, haciéndole la “venia” al presidente de turno, transportar extras, que en muchos casos luego acababan siendo atendidos por la Cruz Roja.

El día había llegado. Es el único día festivo del año en que la gente puntualmente amanece a las 8 de la mañana y no aprovecha la justificada ausencia a su “responsabilidad productiva” para dejar una huella más profunda en el colchón.

A las 10 estaba cada uno de ellos en el sitio donde ya sabía de antemano que tenía que estar. Algunos se reunían en escuelas primarias, en Centros de Atención Primaria, en las oficinas de la municipalidad, en universidades, sindicatos y algunos, también, en plazas. Muchas plazas, infinidad de plazas, todas ellas honrando a la historia.

En algunas de ellas se organizaban los talleres de educación sexual para adolescentes, en otras talleres de formación y asesoramiento para trabajadores, en otras, clases de refuerzo para los niños con dificultades en determinados temas de la educación primaria, secundaria o universitaria.

Desde luego que todos los empleados estatales colaboraban en la organización del evento. Médicos, enfermeras, maestros, profesores, ingenieros, técnicos. Pero también participaban aquellos que tenían la formación necesaria y se ofrecían voluntariamente para, al igual que los empleados del estado, donar su salario de ese día para honrar a su patria.

No estaban todos obligados a participar, todo aquel que prefiriera utilizar dicho día para descansar o pasear podía hacerlo, sabiendo que aporta su salario de dicho día a la organización del evento.

Las brigadas partían hacia cada rincón del país, para poder acceder a las poblaciones más alejadas de las grandes ciudades. Habían también brigadas de infraestructura, salud, educación y trabajo. Las brigadas de salud se encargaban de preparar talleres de promoción de la salud, realizar controles generales a todas las personas que no tienen posibilidades de acceder con cierta periodicidad a un servicio sanitario. Médicos y enfermeras recorrían todas aquellas poblaciones efectuando controles generales a los pobladores, asesorando a las madres sobre los cuidados que podrían ofrecer a sus niños para prevenir enfermedades, organizando talleres de promoción de la salud en general. También se proveía de medicamentos y materiales a aquellos dispensarios que tuvieran necesidades.

Las brigadas de infraestructura llevaban materiales de apoyo a las escuelas rurales y dispensarios de salud, se ocupaban de realizar reparaciones y reformas en estos mismos lugares. Llevaban libros y material didáctico recolectados en todo el país de acuerdo a las necesidades de cada región. Las brigadas de educación organizaban jornadas para brindar apoyo a los niños que, de acuerdo a sus edades, tuvieran dificultades con determinados temas de la enseñanza básica. De la misma manera, las brigadas de trabajo asesoraban a los productores locales recomendándoles mejoras en sus producciones y asesorándolos en cuanto a posibles formas de organización regional para cooperar entre ellos mismos.

Todo el mundo con su escarapela prendida en el pecho, orquestas de banderas flameando en cada rincón del país.

Turistas desconcertados, dando vueltas por sus distintos destinos turísticos. Alertados al no saber si lo que estaba ocurriendo en ese país que visitaban era una revolución o de qué cosa se trataba.

-Actually, sir, this IS a revolution- respondió el conserje del hotel –But don’t worry, sir, this revolution is not about blood, is just about proud-

Confundido al principio, sorprendido más tarde y entusiasmado finalmente, luego de la completa explicación que el conserje le hubiera ofrecido sobre lo que estaba ocurriendo, el turista inglés no dudó un segundo en ofrecerse a participar en aquellos sitios donde estuvieran ofreciendo talleres de refuerzo sobre idiomas y él pudiera echar una mano.

No todo era necesidades básicas, también se organizaban en distintas universidades del país charlas entre científicos de distintas provincias para que en ellas pusieran en común las investigaciones que se estaban llevando a cabo en los distintos ámbitos y discutir logros, estrategias y orientaciones futuras. Parecía mentira que en una sola jornada se pudieran intercambiar tantas experiencias que redundaban finalmente en avances significativos en cada uno de los campos de investigación.

Puntualmente, a las 12 del mediodía, el país hizo una parada estratégica. Se trataba de compartir el almuerzo y brindar, por ellos mismos y por el país. Los delegados al respecto tenían preparados los choripanes, empanadas y bebidas que habían dispuesto los organizadores. Si bien no era nada opulento, el aire ya se venía perfumando desde las 11 de la mañana con el olor que provenía de las parrillas y eso ya era suficiente estímulo para el espíritu.

Algunos, precavidos o afortunados, también se habían llevado de sus casas algún que otro refuerzo alimentario, suficiente para repartir entre sus propias familias y algo más para poder compartir con aquellas familias que estuvieran en ese momento a su alrededor y, por el motivo que fuera, no hubieran podido llevarse también ese refuerzo a pesar tal vez haberlo deseado.

Las actividades continuaron ininterrumpidamente hasta las 6 de la tarde, momento en que ya se habrían alcanzado la mayoría de los objetivos buscados. Religiosamente las radios se encendieron esperando la llegada del Mesías radiofónico que en este caso no hablaría de ningún evangelio. El silencio se hizo casi absoluto en lo alto y ancho del país, el Presidente saludó a la población. No había tono de arenga, no había tono de anuncio publicitario, en su voz lo que brillaba era la emoción. Emoción envuelta de orgullo, naturalmente. El orgullo que puede sentir un presidente sabedor de la responsabilidad que tiene, él mismo y cada uno de sus compatriotas, y que ahora se veía en un único e inconfundible gesto de satisfacción.

Durante todo el día el gobernante habría estado recorriendo el país, en coche, en helicóptero, en avión. Había sido testigo de eso que los turistas confundían con una revolución. Y llegado este momento sólo quiso compartir la emoción que vivía, parecida a la que vivían sus compatriotas. No habló de ninguna campaña electoral, no habló de ningún balance de gobierno. No era el momento. Era momento de honrar la memoria y construir el presente. En eso mismo se basó su discurso: citó frases de algunos próceres de la Historia del país agregando como epitafio el orgullo que estaba seguro que sentirían estos antepasados si hubieran podido ser observadores de esa jornada patriótica. A continuación, remató su oratoria con los datos finales del balance de dicha jornada. Cuántos recursos se movieron, de dónde provinieron, cuántas personas participaron por parte del gobierno, cuántas como voluntarias, cuántas participaron de las actividades.

En todo el país una sola voz se oía, ni un solo murmullo opacaba la emisión radiofónica. Parecía como si hasta los pájaros hubieran decidido dejar de cantar en ese momento y el viento de soplar. Hablaba el presidente y no estaba hablando de política, o sí. Un gesto se repetía: hombres tomando de la mano a sus mujeres, padres agitando las cabezas de sus niños mientras los iluminan con ojos humedecidos. Orgullo que afloraba. Familias que nunca antes se habían visto en su vida que se intercambiaban miradas de fraternidad.

“…hermanos y hermanas, mañana será otro día, mañana seguramente la mayoría de las cosas seguirán sucediendo como venían sucediendo hasta ayer. Volveremos a nuestros trabajos, a nuestras obligaciones, volveremos a afrontar las dificultades de cada día y a disfrutar de las alegrías de cada día. Pero hoy, en este día tan simbólico, todos, cada uno de nosotros, volveremos a nuestras casas y nos iremos a dormir con el pecho ensanchado. Casi tanto como el vasto y hermoso territorio que hoy hemos honrado. Hoy, queridos amigos, hoy, sin duda, nos iremos a dormir sabiendo que en este maravilloso día todos estuvimos juntos, todos nos hemos abrazado y en ese abrazo hemos engrandecido enormemente nuestra patria.”

Posteriormente, luego de la despedida del Presidente de la Nación y del aplauso uniforme que brotó desde cada rincón del país, desde la Casa de Gobierno, tomó el “mando” de la ceremonia aquella conocida cantante que tan identificada con la idea de patria estaba y que compartió con todos los oyentes del país dos canciones: una de ellas que era el símbolo del nacionalismo, sano, constructivo (el Himno Nacional); y otro de hermandad con los países hermanos (Canción con todos).

Con todos, sí. Todos cantaron, todos rieron, todos crecieron y con ellos un sentimiento de fraternidad, de orgullo, de saber que ese día también se habló de política, ese día se hizo política y la hicieron aquellos que sin darse cuenta la hacen cada día. Pero esta vez, concientes de ello y al unísono.

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Saturday, May 13, 2006

¿De qué se rien?

La reina se adueñó de un espacio mediático que estaba reservado para los líderes de la democracia. Y las risas que brillaron en los rostros de Blair y Zapatero denotaron esa familiaridad en el trato con la monarquía. No así, las miradas de Vázquez y Kirchner intentaron ocultar detrás de rígidas sonrisas los malos recuerdos que aún conservan del paso de la monarquía por sus moradas.

 

Pero esa sonrisa de los líderes de la vieja Europa. La misma Europa cuna de muchos de los pensadores que introdujeron en el pensamiento humano las principales ideas que dieron lugar a la democracia tal como hoy la conocemos. Pero también a la que aún le cuesta deshacerse de determinados parásitos. Eso sí, parásitos Reales, pero parásitos al fin. Que se convierten en la máxima envidia y admiración para aquellos que aunque acepten el sistema democrático tengan ambiciones y sueños de poder gozar de determinados privilegios incompatibles con los valores en los cuales, teóricamente, debería basarse este sistema. Y, con ello, legitiman su existencia y hacen más dificil aún erradicar esa plaga.

Pero, en ese contexto, la sonrisa de los líderes de la vieja Europa podría estar relacionada, sin duda, con un efecto provocado por la belleza latina. Pero también podría observarse en esas muecas un componente, aunque sutil, de cinismo, el cual podría ser resultado de imaginarse las caras de sus novatos pares latinoamericanos. De imaginar que en ese momento se estarían dibujando sus forzadas sonrisas con las gotas de sudor que se estarían deslizando por sus frentes. Gotas nacidas de la necesidad de los líderes democráticos principiantes, carentes de parásitos (monárquicos) en sus países, de legitimarse constantemente dentro de instituciones democráticas frágiles. Y ahí, brillando las miradas de los viejos lobos de mar.

 

Si aceptáramos esta teoría como válida, deberíamos también aceptar el vínculo existente entre el hecho de que los parásitos, al ser Reales, no afecten la legitimidad de los líderes democráticos, mientras que la ausencia de monarquía en las democracias «jóvenes» permititía que continuamente se confundan a los líderes democráticos con parásitos.

Hecho que Francia habría superado probablemente con la República como emblema. Aquella especie de fanatismo democrático que, por serlo, habría acabado asignando a los líderes de esa santa República dones similares a los asignados a la monarquía. Pisoteando una vez más los valores e ideas que gestaron la revolución.

 

Y todo ello entonces podría llevarnos a pensar que el ser humano no está capacitado para llevar la teoría a la práctica. Suspende siempre esa asignatura. Cada vez que debe basarse en instituciones para llevar a la práctica aquellas ideas que aspiran a convertirse en un beneficio para la especie, suspende.

 

La Iglesia denigró las ideas del cristianismo, la Unión Soviética se encargó, por otro lado, de denigrar en partes iguales al comunismo y al socialismo, la sociedad -institución también- denigró cualquier posibilidad de que el ser humano pudiera relacionarse con el entorno basándose en el recíproco beneficio. Y tantas ideas que podrían asegurar al hombre -en su conjunto- una vida digna y la posibilidad de gozar de su relación con aquello que lo rodea y que fracasaron en manos de las instituciones.

Y de vuelta en las risitas, los líderes de las instituciones democráticas podrían respondernos: ¿de qué se ríen?

Posted by pablogr at 00:56:12 | Permalink | Comments (5)