Medios de comunicación y producción cultural: al final ganará el mercado
Lo estamos viviendo con los medios de comunicación escritos: la crisis en la prensa escrita lleva a los periódicos a salir al mercado con ediciones que incluyen películas o discos de música para atraer a los lectores. En definitiva, parece que la gente sólo quiere informarse a través de aquellos periódicos con cierta historia y, a veces, reputación, sólo en aquellos casos en que obtengan a cambio alguna ventaja tangible más allá de la información “rigurosa”.
Las causas de esto hay quienes sostienen que están relacionadas con una pérdida de credibilidad hacia la prensa, lo que lleva a la gente a no querer invertir dinero en ser engañada y por eso les es suficiente con ser engañados gratuitamente, como por ejemplo a través del Metro, el 20 Minutos, el Qué! u otros medios -de pago- que ofrecen acceso a cierta parte de la edición escrita a través de Internet.
Y estos medios gratuitos, que no reciben sus ingresos de la venta de sus productos informativos sino de la creación de espacios que captan una audiencia útil para promocionar distintos tipos de productos, se convierten en tablones de anuncios de alta efectividad. La misma efectividad que, medida en audiencia, es la que establece el valor del contenido de la “señal” emitida por ese medio. Y así influye en los distintos productos que se crean para ese medio, los moldea, los decora y hasta llega a devorar su esencia. La música, el cine, las noticias. Todo moldeado por la búsqueda de esa efectividad.
Así el mercado ha ido capturando cada uno de los espacios de difusión y las producciones culturales de todo tipo.
En el caso de la televisión, primero en forma de breves espacios de anuncios publicitarios, que de breves han ido pasando a ser bloques de hasta 15 minutos por hora. Luego, sin conformarse con tener espacios propios, ha ido invadiendo los contenidos y entonces mientras estamos viendo un programa en el cual nos muestran el día a día de un hospital, de pronto aparece uno de los médicos más creíbles de todo el elenco aconsejándonos que contratemos tal o cual seguro de salud. O, tal vez un poco más sutil, cuando en un desayuno de esa familia que tan bien cae a la gente, en un determinado momento de la escena el plano principal se lo lleva un cartón de tal o cual leche.
En la radio el fenómeno es muy similar. Pero posiblemente por llevarle algunos años de ventaja a la televisión, su avance haya sido más profundo aún. Nadie se extrañará hoy en día por estar escuchando la trasmisión radial de un partido de fútbol y que, entre jugada y jugada, nos recomienden todo tipo de productos, relacionados con el deporte o no. Y lo mismo en cualquier tipo de programa, sea informativo, musical o de actualidad.
Entonces es cuando hace su entrada en escena Internet, como una poderosa herramienta pero de doble filo. Por un lado, ofreciendo millones de nuevas posibilidades todas convertidas en espacios para ofrecer todo tipo de productos, incluidos los virtuales. Y con la ventaja de ser, a la vez, una fuente de estudios de mercado ocultos a veces detrás de inocentes cuestionarios que el usuario debe rellenar para acceder “gratis” a tal o cual contenido, cuando no a través de programas espías que delatan nuestras costumbres dentro de la red. Lo que generalmente desconoce el usuario es que esos inocentes cuestionarios quedan almacenados en nuestros ordenadores o en los servidores que nos ofrecen dicho contenido. Luego de esto, casualmente, al entrar en determinadas páginas se nos abren mágicas ventanas que nos ofrecen productos siempre –también casualmente- relacionados con nuestros hábitos de consumo y con el perfil de consumidor que representamos. Lo mismo sucede con los programas informáticos: cada vez son más las herramientas informáticas que nos ofrecen poder ser utilizadas de manera gratuita, siempre y cuando toleremos recibir en una determinada sección de la pantalla ofertas comerciales, siempre a la medida de nuestras “necesidades”.
Pero, por otro lado, también es cierto que a través de Internet se consiguen violar ciertas leyes del mercado: descargarse libros, música, películas y, últimamente, hasta acceder a canales de televisión de cualquier parte del mundo, sean estos de pago o no.
Y el mercado sigue su feroz lucha por conquistar cada pequeño segmento de nuestras vidas y, dentro de ellas, las producciones culturales de la humanidad. En el cine ya lo vemos al igual que en la televisión, sin entrar en la faceta propagandística camufladas en apasionantes historias que este medio suponga, de la misma manera que nuestros héroes televisivos nos invitan a consumir determinados productos con nombre y apellido, en el cine ocurre lo mismo.
La música, ya hace tiempo que está influenciada por esto: la duración de las canciones no debe superar tal cantidad de minutos si queremos que las posibilidades de que sea emitida por la radio no disminuyan, distinguimos dentro de cada estilo musical su vertiente “comercial” de las demás. Y, ahora, el desafío es que más allá de ser comercial o no, podemos prescindir de pagar las desproporcionadas sumas que nos piden por un CD descargando canción por canción (cuando no una discografía completa) desde el ordenador de otro cibernauta, sin abonar un céntimo por esto.
Mirando un poco hacia atrás seguramente no faltará quien afirme que al menos uno de los futuros imaginables de la música pudiera llegar a ser su mutación en una producción universal de jingles, reemplazando entonces sus contenidos, pasando de aquellas reiteradas manifestación de rebeldía, historias de amor, de encuentros y desencuentros, de soledades o alegrías, para ser simplemente la provocación del consumo de tal o cual producto. El “qué bien me siento caminando por la orilla del mar contigo” podría llegar a ser el “qué bien me siento caminando con mis nuevas Nike”, de declararle el amor a Lillian podríamos llegar a escuchar a nuestro cantante favorito declarándoselo a una botella de Coca-Cola.
De esta forma la música cedería su esencia y todo mensaje para convertirse en un nuevo tablón de anuncios, en este caso, acompañado de percusión, armonías y melodías. En ese momento, lo mismo dará si el consumidor paga o no por acceder a dicha producción artística, lo importante y que hará la diferencia entre un compositor o interpreté sobre otro será el efecto que provoque el músico con sus letras y arreglos musicales para generar necesidades de consumo en sus admiradores.
Y al final, ganará el mercado…