Brainback mountain

Las burbujas de la Budweisser se arrojaron por la garganta de John como un grupo de paracaidistas abordando un territorio enemigo. Por suerte, su sistema de defensas estaba activado y el hongo atómico de su eructo contrarrestó eficientemente el ataque. John, sin darse cuenta del intento de ocupación que acababa de sufrir, seguía con sus ojos –y conciencia- esclavos de la CNN, atentos al discurso del Ministro de Defensa que invadía en directo el salón de su casa.
“Esta es una guerra, una guerra contra el terror. Perseguiremos hasta el último terrorista que haya sobre la faz de la tierra. Y todo Estado que albergue y encubra a los terroristas y apoyen sus ideas serán nuestros enemigos y tomaremos con ellos las medidas que creamos necesarias para defender al pueblo de los Estados Unidos de las amenazas que estos supongan y, a la vez, llevaremos la Libertad a los pueblos oprimidos”.
El ruido de la cadena del baño llevándose todo aquello que el riñón de Tim había decidido que no era conveniente para el organismo opacó por un instante las palabras del señor Ministro. Tim entonces apareció por el salón de la casa, acabando de subirse la bragueta y acomodando el bulto que debajo se escondía y que tanto orgullo le había dado entre sus amigos, sobretodo durante su adolescencia. El problema era que también hoy en día era de una de las pocas cosas de su vida con las que podía presumir.
“¡Ay Johnny, qué desgracia!” – dijo Tim con la misma resignación con la que un cowboy se da cuenta de que se le murieron 3 vacas.
“Sí, Tim. Estos islamistas hijos de puta van a acabar consiguiendo que nos de miedo hasta ir al bar.”
Los ojos de Tim llevaron a la nuca de Johnny un tanto más de esa resignación y un tanto más de cariño compasivo.
“No, Johnny, digo qué desgracia porque si donde dice terror pones comunismo y donde dice terrorista pones comunista, esta mierda ya da miedo, y si además lo sacas a Rumsfled y lo pones a Mc Carthy, ya es un poco más. Pero si encima te das cuenta de que Bush no es ni Eisenhower ni Truman entonces ya da pánico. ¿Sabes cuál es la desgracia? Que en cualquier momento le vamos a caer mal a algún funcionario, se va a encargar de “demostrar” que somos terroristas y vamos a terminar o en la silla eléctrica o, lo que es peor, en Guantánamo”.
Por alguna extraña razón, la música sobre la cual intentaba dominar a su potro la exuberante rubia que se agitaba sobre el caballo vistiendo un bikini (y un sombrero de cowboy) en el anuncio de Budweisser fue más contundente a la hora de captar la atención de John que la tristeza de Tim. Y la resignación de Tim se convirtió en rendición al dejarse caer en el sillón, momento que fue oportunamente aprovechado por otro grupo de burbujas paracaidistas para llevar a cabo exitosamente su ocupación.