La vuelta
Una noche con altura divina y más fluidos satánicos emanando de esas apestosas cucarachas.
El ruido. Miró su mano y sonrió.
¿De qué se ríe? – preguntó el camarero
De que te creés camarero pero sos antropólogo – Le respondió la mosca
¡Vuelvan, vuelvan, que se hace de noche!
Escalofríos por la espalda. Otra vez la misma historia.
Llorar mucho.
“Ese portazo limpiará la ciudad”. Y así salió caminando y recorrió kilómetros de desierto hasta que ahí estaba el diariero.
Más noticias de mañana. Nada nuevo, sólo sangre.
¡Volvé, volvé, que ya está la comida!
La gota que no para de estrellarse contra la olla sucia.
El diario ya se había acostumbrado a ser un barco, así que tuvo que enterrar en la arena hasta que pudo ver a los primeros tiburones.
Pero es un barco, no un submarino – dijo el delfín
Nadie le pidió la opinión a un cactus – le respondió, ofuscado
“Y esa bola de luz que no me deja de mirar, ¿acaso no tiene nada mejor que hacer? Digo…dar vueltas alrededor de algún planeta o algo así”.
¡No lo mires, es un hechicero!
El chispazo no falló. Calló tendido al suelo agitando la arena a su alrededor y colaborando en un triple salto mortal de hormiga. La hormiga, agradecida por la inyección de adrenalina, pero la arena se puso como loca y empezó a dar vueltas y más vueltas hasta convertirse en tornado.
Vueltas y más vueltas.
¡Volvé, volvé!
“¿No ves que no puedo, que me tiene atrapado?”
La noche estaba divina, lástima que el sol no lo dejaba en paz. Pero por todo lo demás, era una noche fabulosa. De esas que te hacen sentir vivo. Tan vivo que ya no pudo volver.