Saturday, January 7, 2006

#1 Perdóneme, la verdad es que no la vi. Mi nombre es Ricardo, ¿y el suyo?

Música en primer plano: Synchronicity II – The Police

En un fondo azul difuminado diagonalmente hacia el verde siguiendo un trayecto diagonal desde un vértice hasta el otro de la imagen, aparece un cartel en letras naranja: “BUENAS NOCHES, REALIDAD”.

Desaparece el cartel.

 

 

A medida que la música comienza a desaparecer la imagen se comienza a desplazar desde una foto colgada en la pared que muestra a un hombre angoleño parado sobre tres superficies de apoyo -su única pierna y dos muletas-, hacia la imagen de dos hombres sentados ante una mesa. En la izquierda un señor más bien redondito, calvo y con gafas tipo John Lennon, un saco azul de pana sobre una camisa blanca con líneas verdes de mediano grosor que se entrecruzan perpendicularmente. En la derecha otro hombre, más bien escuálido, la cabeza cubierta por una escasa cabellera un tanto desorganizada. Su saco también de pana, marrón, con coderas negras y debajo una camiseta negra de cuello alto. Su nariz aguileña y su cara alargada.

Se apaga por completo la música.

En la imagen, la redondita cara del redondito hombre que presenta:

- “Hasta que no me conozcas no te perdonaré” es el título de un libro que habla de cuánto más duele el dolor cuanto más se ignora a la persona lastimada. Hoy se encuentra con nosotros su autor –Ricardo Neville- con quien conversaremos, entre otras cosas, del nacimiento de la idea que dio origen a este libro.

Su mirada se dirige ahora hacia su entrevistado:

- Buenas noches, Ricardo.

La imagen se proyecta desde detrás del presentador dejando a Ricardo como protagonista del plano, levemente desplazado a la derecha respecto al centro de la pantalla.

- Buenas noches, Sergio. Ante todo quería comentarte lo complacido que me encuentro de estar esta noche aquí.

Nuevamente la imagen de Sergio, esta vez con todo su hemicuerpo superior en la pantalla con sus brazos cruzados sobre su pecho, reposando sobre su barriga. Su mirada se dirige hacia arriba a la derecha acompañando un gesto de entre razonamiento y reflexión. Dirige su mirada a Ricardo y lanza:

- Siempre resulta extraño cómo nos relacionamos las personas con aquellos que son diferentes a nosotros.

Su expresión se convierte en muestras de complicidad y de acusación a la vez:

- Y más aún cuando, además de ser diferentes, aquellos son de otro lugar: otro continente, otro país, otra provincia…¡otra ciudad! Tu libro resulta una profunda crítica a esta peculiaridad de la especie humana. Pero además de eso profundiza sobre temas como el colonialismo, el período postcolonial o hasta me atrevería a hablar de las deudas morales entre pueblos…pero a la vez lo hace desde la perspectiva de entender el comportamiento humano desde lo micro y sus enormes diferencias con lo macro. En esa crítica a la especie humana, ¿tú te sientes parte de ella o te pones en el lugar cómodo del observador?

Ahora es la aguileña nariz de Ricardo la que ocupa el centro de la pantalla, rodeada por su flaco y alargado rostro, cubierto de una dispersa y poco tupida barba de unos 6 días de evolución:

- Yo diría que se trata de una distribución por intervalos de tiempo de mi lugar respecto a las reflexiones planteadas en el libro. Es cierto que debo reconocer que hasta mi llegada a Barcelona los españoles para mí eran “los gallegos” y ni siquiera sabía que se hablaba el catalán en Cataluña o qué diferencia había entre el acento de Madrid y el de Sevilla. Pero también me pregunto si los norteamericanos también llamarán a los ingleses “británicos” o acaso los llaman “ingleses” y, si es así, por qué será eso. Y si los ingleses saben distinguir el acento de un hombre de Texas del de uno de California.

Ahora el plano muestra a los hombres enfrentados, mesa de por medio.

Sergio se quita las gafas y las sostiene en el aire agarradas por la patilla derecha con la mano del mismo lado. Cara de curiosidad:

 

- ¿Cómo y cuándo nace la idea del libro?

 

Ricardo se hecha hacia atrás para que su pierna derecha se cruce sobre la izquierda, mientras queda sujetada desde la rodilla por sus manos entrecruzadas. Sus cejas se elevan mientras toma el aire suficiente para exhalar un párrafo completo:

 

- Hace algunos meses me sucedió una cosa que me hizo reflexionar. Yo estaba en la calle conversando con un amigo, y al despedirme me giré para ir hacia la dirección contraria con la mala suerte que detrás de mí estaba parada una señora de unos 70 años a la que desestabilicé con el roce de mi cuerpo, lo suficiente como para que acabara en el suelo. Con la peor suerte todavía de que por la caída se fracturara su cadera.

 

La elevación de sus dedos pulgares iba acompañando los momentos de acentuación de sus frases:

 

- Realmente, si bien mi movimiento no era intencionado, me sentí muy culpable. Al punto de que me surgió ir a visitar a la señora al hospital algunas veces, llevarle flores y esas cosas. De esos encuentros pude descubrir muchísimas cosas que tal vez no hubiera descubierto jamás en la vida. Por ejemplo, descubrí que esa señora además de ser “esa señora” o “la viejita”, era Catalina. Que tenía 73 años. Que tiene una hija que se llama Rebeca que es panadera. Que su marido murió hace 8 años de un infarto. Y muchísimos detalles que jamás hubiera llegado a saber si no le hubiera hecho daño. Probablemente, de no haberla atropellado, jamás hubiera sabido nada de eso y, más aún, si me hubiera tenido que referir a ella seguramente hubiera usado “la viejita”.

 

Ahora su mano izquierda se incrusta en el hueco que hay entre su axila derecha y su brazo derecho, el cual utilizando de punto de apoyo del codo la pierna cruzada consigue la suficiente capacidad de rotación como para poder gesticular con su mano:

 

- Pero bueno, imagino que la mía fue una reacción bastante normal y que cualquiera en mi lugar se hubiera preocupado por querer saber cómo se encontraba la señora. Y por supuesto que para eso es mucho más humano conversar con ella para saberlo que no esperar a recibir el simple parte médico.

Pero el asunto es que eso me hizo reflexionar. Y no sé en qué instante de reflexión se me ocurrió hacer una correlación entre ese “la viejita” que yo hubiera usado y el “sudamericano” que usan bastantes españoles. Es cierto que “la viejita” es viejita y es cierto que una persona de Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia…son sudamericanos. Pero también es cierto que hoy en día no se me ocurriría llamar a Catalina “la viejita”, porque ahora sé cual es su nombre. Que, sí, lo conocí gracias a haberle hecho daño, pero lo conocí. E inclusive, si hoy en día siguiera llamándola “la viejita” me resultaría tan impersonal que hasta me parecería despectivo.

Y de la misma manera que yo tuve algo que ver en que la señora Catalina se pasara 20 días en el hospital y que le tuvieran que poner una prótesis en su cadera, creo que España tuvo bastante que ver en el hecho de que Argentina sea Argentina, Bolivia sea Bolivia y Sudamérica sea Sudamérica. Pero aún así, la gente, los periodistas, los españoles en general siguen hablando de “sudamericanos”. Y tal vez se trate de que no se hagan cargo del dolor que alguna vez hubieran causado. O, sin ser tan trágicos ni meter tintes de resentimiento, simplemente del hecho de la enorme influencia que pudieron haber tenido en la historia de esa parte del mundo.

No creo que a los españoles les costara demasiado poder distinguir a un ecuatoriano de un peruano de un boliviano de un chileno de un argentino…si se interesaran por hacerlo. No creo que le cueste mucho a un periodista averiguar si el trabajador que falleció en el accidente laboral era, además de sudamericano, colombiano o uruguayo. Y muchas veces creo que es esa falta de interés en averiguarlo lo que llega a sonar despectivo. Sin mencionar las veces en que la intención claramente es que lo sea.

 

La cara redonda en pantalla:

- Y tu teoría es que el día que los españoles conozcamos a los latinoamericanos -porque además muchas veces hasta se utiliza mal el término “sudamericanos”- podremos ser perdonados…

 

Ricardo apoya sus brazos sobre la mesa, entrecruza los dedos de la mano y responde:

­- Bueno, de alguna manera, sí. Pero eso de “perdonados” digamos que se refiere un poco al hecho de la existencia de un respeto mutuo.

Lo que planteo es que para que se llegue a esa instancia del “conocer a”, parte de lo que se debe conocer con mayor detalle y profundidad es su Historia. Y como hay una parte de esa historia que es bastante común, al conocer la Historia se puede saber y conocer hasta qué punto España rozó el cuerpo de Latinoamérica y si ese roce hizo que se fracturara una cadera o qué es lo que pasó.

 

La imagen va recorriendo la pared dejando a su paso primero una foto de un grupo de pakistaníes con su rostro embebido en la tristeza de observar sus casas, y todo lo que tenían junto a ellas, devastado y luego la del edificio de las Naciones Unidas en New York hasta detenerse en Sergio que mientras acaba de tomar notas en el cuaderno que hay sobre la mesa, comenta:

 

- Quizás en esto encuentres las respuestas al por qué de que para los norteamericanos los ingleses sean ingleses y no británicos. Eso demuestra de alguna manera que han logrado ese respeto mutuo. Es evidente que existe ese conocimiento mutuo de, como mínimo, la historia en común. Y sin esa parte esencial del respeto es imposible el conocimiento.

 

Ricardo antes de dejar el tiempo prudente como para saber que había terminado el parlamento de su interlocutor, agrega:

 

- Y, justamente, una de las cosas que no me hace sentir tanto remordimiento de haber pensado que los españoles eran “los gallegos” durante tanto tiempo es justamente, que los pocos españoles con los que estuve en contacto en Buenos Aires eran, efectivamente, gallegos. Pero en España, hoy en día, y ya desde hace un tiempo que se convive a diario con personas de distintas partes de América Latina. En el trabajo, en el colegio, en los deportes…constantemente hay contacto con personas de distintos países: ecuatorianos, colombianos, venezolanos, brasileños, uruguayos, mejicanos, peruanos, dominicanos… Pero sin embargo, nunca dejaron de ser los sudamericanos. Salvo, claro, en el trato cotidiano. Donde resultaría demasiado descarada esa falta de respeto…o de conocimiento…o, como mínimo, de interés o curiosidad.

 

Sergio, con una expresión en la cara que refleja la misma ironía que su tono:

 

- A veces es difícil reconocer aquellas cosas de las cuales podríamos llegar a avergonzarnos. Y muchísimo más cuando se siguen dando motivos a diario para hacerlo.

 

Ricardo, echando su cuerpo hacia atrás hasta dejarse caer contra el respaldo de su silla, lanza su reflexión:

- Pero bueno, tampoco deberíamos plantear esto de forma tal de que parezca que España es un caso único en el mundo. Los franceses con los africano o los árabes, los ingleses con los africanos…los latinoamericanos con los latinoamericanos. Por eso hablo de lo que viví. Soy argentino, hijo de una francesa y vivo hace algunos años en España. Viajé bastante a Londres. Y de ahí surgen mis impresiones. Y de ahí, luego de haber descubierto y aprendido en tan poco tiempo tanto de los franceses, los ingleses, los españoles, los marroquíes, los pakistaníes, los senegaleses y tanta gente de tantos lugares…ahí me di cuenta de lo importante que es conocerse. Que las personas se conozcan y así darnos cuenta que más allá de una zona geográfica…en el fondo todos somos personas. Con costumbres, vivencias, defectos y virtudes.

 

Una gordita sonrisa ocupando el plano principal agita su cabeza levemente en señal de reflexiva afirmación y mirando a la cámara concluye:

- Creo que esta sería una buena reflexión para llevarnos de este programa de hoy. Ricardo, muchas gracias por haber estado con nosotros. Realmente, creo que esta noche nos hemos podido acercar un poquito más a esa realidad que a veces nos pasa tan de cerca y de lejos a la vez. Muchas gracias por haber estado con nosotros y espero que nos volvamos a ver el próximo martes a las 21 horas. Buenas noches a todos ustedes; buenas noches, realidad.

Vuelve a sonar de fondo la canción de The Police. Sergio y Ricardo se levantan de sus asientos y se encuentran a la altura de la mitad de la mesa, donde estrechan sus manos y mueven los labios sin que se llegue a distinguir el tema de conversación.

La imagen se va acercando hasta quedar totalmente acaparada por una foto colgada en la pared que muestra una manada de personas entremezcladas dentro de un vagón de metro. Cabezas de distintos colores, distintas etnias, distintos lugares. Todos personas…

 

Posted by pablogr in 23:05:43
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