Tres litros por minuto
El Doctor Coulman estaba parado a la derecha del paciente. El paciente estaba recostado en la camilla y conectado al monitor -el aparato ese que te informa los parámetros vitales de una persona-. Y vitales, quiere decir, esa traducción en números de lo jodida o no que está una persona.
En este caso, el monitor tenía varias cifras que parpadeaban en rojo. Y sobretodo la que indica cuánto oxígeno tiene en la sangre la persona, o sea que en todo el cuerpo, era la más alarmante. Y le dije al Doctor:
- Eric, ¿qué te parece si le metemos algo de oxígeno?
Eric, o sea Coulman, o sea el jefe del Servicio de Urgencias, estaba parado justo al lado de la toma de oxígeno, en la cual estaba conectado todo lo que hacía falta para ponerle la máscara a este hombre, girar la perillita y, según la evidencia científica disponible hasta el momento, el Sr. Yacoubi y sobre todo su numerito de la respiración, en la pantalla, mejorarían.
- Señor Yacoubi – le dijo entonces Coulman al paciente – el precio del oxígeno está fijado por el mercado, en este hospital, a 35 euros el litro. El Doctor Richard, de cirugía vascular lo tiene a 30 y el anestesista de cuidados intensivos a 40, yo, digamos, lo tengo en la media. A usted, honestamente, le vendrían bien unos 3 litros por minuto y supongamos que entre eso y los corticoides que le pasaremos por la vena, en unos 30 minutos usted irá mejor y en una de esas le podemos retirar el oxígeno. Lo cual, grosso modo, podría hacer un total de 1050 euros, ¿usted qué prefiere pagar con cheque o con tarjeta?.
Y yo me dije, qué hijo de puta este tipo, el otro que no da más y este haciéndole bromitas. Es lo mismo que pensó el Sr. Yacoubi porque en medio de sus respiraciones de bagre sacado del agua hace 15 minutos y empapado de sudor frío como estaba, me alcanzó a hacer una mueca que entendí como una risita.
Pero al cabo de unos segundos de que el Dr. Coulman no hacía ningún gesto que indicara que le iba a enchufar el oxígeno, el tipo me empezó ya a mirar con una cara más de desesperación que la que tenía.
- Y, ojo, que ese precio está calculado muy a la baja, porque si uno se pone a pensar los años que yo tuve que estudiar para saber cuándo, cómo y cuánto meterle de oxígeno, lo mismo para cada una de las personas que nos ocupamos de usted, toda la gestión que implica que giremos la perillita esta y salga oxígeno y etcétera, etcétera, no le digo que salimos perdiendo, pero tampoco es que me vaya a comprar un yate con eso – dijo Coulman acomodándose el estetoscopio debajo del cuello del delantal – Y ni hablar que todo esto está muy bien regulado por la Organización Mundial del Comercio y nuestro establecimiento cumple con todas las normas respectivas en vigor.
Yo me quedé con la jeringa clavada en el brazo del pobre hombre, el torniquete puesto y, sobre todo, la boca bien abierta.
- No tengo ese dinero, Doctor – dijo, en resumen, el paciente. Y digo en resumen porque entre palabra y palabra el tipo intercalaba tres o cuatro respiraciones como del que sale del agua después de aguantar la respiración durante 2 minutos.
Coulman le dio dos palmaditas en el hombro, le deseó buena suerte y salió del box.
Al cabo de dos minutos logré cerrar la boca y recién ahí pude terminar de meterle la vía y pasarle los corticoides al paciente. Mientras salía del box sin siquiera mirarlo pensaba que quizás en ese momento me estaba convirtiendo en cómplice de homicidio. Pero en cuanto entré en el despacho vi colgado el cartelito del laboratorio ese, el de los antiretrovirales, los medicamentos del SIDA. Y ellos lo vienen haciendo hace años. Fijar el precio de un tratamiento del cual depende la vida de un paciente a 1000 dólares por año cuando por lo menos el 80% de las personas que lo necesitarían ganan en promedio 2 dólares por día. Las cuentas no dan y los tipos tampoco están presos. Sí, la excusa es que ellos gastaron mucho en toda la investigación necesaria para desarrollar ese tratamiento y bla bla bla…y eso les evita ir presos.
Yo llegué hasta la máquina de refrescos, metí una moneda, le di dos patadas y recogí la lata. Me fui hasta la entrada de las Urgencias, abrí la lata, me encendí un cigarrillo y pensé: “esta zona es bastante cheta, la verdad que 30 euros para la mayoría de pacientes que vienen acá, es un regalo… medio boludo este Coulman”. Justo en eso llegaba la ambulancia de la Cruz Roja para llevarse al Sr. Yacoubi al hospital público más cercano, pero como de costumbre, pobres, finalmente llegaban justo a tiempo para partir con destino la morgue municipal.

